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“Esa sensación de estar en el hogar”

por Florencia Soler

La Escuela de la Nueva Cultura “La Cecilia” fue fundada hace más de veinte años (en 1991) por Ginés del Castillo y su esposa Nancy Giudici, acompañados por algunas familias interesadas en dar a sus hijos una educación diferente. En la actualidad, la escuela está formada por un equipo de conducción y educadores interesados en seguir indagando y viviendo la filosofía que dio origen al espacio, a la vez que contagiar esas ganas de vivir la educación desde otro lugar, introduciendo cambios en el sistema oficial o ayudando a nuevas experiencias que emergen en distintas partes del país.

La Cecilia es un bello lugar, tanto desde lo visual -con una verde extensión de campo rodeando las aulas en forma de casitas- como en lo interior. Si bien se trata de una escuela autorizada legalmente, yo diría que su práctica y sus objetivos exceden por mucho la mera palabra “escuela”. En base a mi experiencia, puedo decir que resulta imposible estar ahí como si fuese un “trabajo”, un trabajo cualquiera, un trabajo más. Cada cosa que sucede te intercepta, te cuestiona, te muestra desde otro lugar la educación y la vida, en un ambiente amigable y “desestructurado” -según lo expresan algunos- pero con un orden perfecto que se mantiene implícito en el transcurrir de la vida escolar. El espacio invita a que cada uno lo haga propio; genera esa sensación de estar en el hogar, o de hacer de él un hogar, una parte fundamental de nuestras vidas. Es ese lugar al que llegamos sin saber que lo buscábamos.

1-AtelierAlcanza como muestra de todo ello la entrevista de trabajo que me permitió iniciar mi actividad en La Cecilia, allá por los meses finales del año 2011. Desde un comienzo, todo se mostró muy distinto a lo que mi cabeza podía imaginar que sería una “entrevista de trabajo”. Ginés me hizo algunas preguntas, de las cuales la más desconcertante creo que fue: ¿Qué te gustaba hacer a los ocho o nueve años? No recuerdo bien qué respondí; pudo haber sido algo relacionado con dibujar o bordar, y sobre todo, con la hermosa sensación de tener ocho años, cosa que a los nueve me hizo seguir diciendo que aún tenía ocho.

CÓMO LO QUE EMPIEZA…

La primer propuesta en la que participé consistía en un taller de un mes de duración con chicos de secundaria divididos en grupos que llamamos “socio-afectivos”; es decir, grupos de chicos con edades y afinidades cercanas. Yo debía saber que los estudiantes no estarían obligados a ir a mi clase -así como a ninguna otra-, y que podían elegir hacer o no las actividades; el solo hecho de ingresar al taller no los hacía cautivos, es decir: no estaban obligados a permanecer si no les interesaba la propuesta.

Una experiencia que recuerdo en particular de ese taller tuvo lugar con los estudiantes más grandes, del grupo 8 (4to y 5to año de la secundaria). La percepción inicial que tuve al ingresar a la sala fue que los cinco chicos que me esperaban eran realmente grandes; ¿o fue la pequeñez que sentí ante ellos?… La idea era hacer un “clínica de dibujo”, en la cual aquellos que ya dibujaban podrían mostrar sus producciones, a la vez que consultar y aprender un poco más sobre formas, técnicas y estilos. El escenario inicial que yo me imaginaba era muy claro: entrar, presentarme, proponerles la actividad que realizarían, atendiendo a las consultas o preguntas que fueran necesarias… Sin embargo, lo que sucedió fue completamente distinto a eso: Creo no haber llegado siquiera a presentarme, cuando uno de los estudiantes me interceptó proponiendo que en el taller se trabajara la figura humana. Tardé unos instantes en reaccionar, en darme cuenta que ellos ya tenían una buena propuesta para la primera clase; enseguida estábamos analizando las proporciones de la figura y viendo cómo dibujarla…

2-afuera-aulaAl terminar el año, llegó también el final de mi experiencia docente en La Cecilia. Yo no lograba ver con claridad cuál podía ser mi oportunidad para continuar trabajando en la Escuela. ¿Había sido sólo una corta y linda experiencia? Mi despedida llegó en la última reunión plenaria del año, a la que fui como invitada. Ese parecía ser mi último recuerdo de aquel año en relación a la escuela. Pero, al momento de escribir este artículo, busqué entre mis correos electrónicos de aquel momento y di con uno de diciembre de ese año, en el que Ginés hablaba sobre mi experiencia en la Escuela y me enviaba los principios de La Cecilia. ¿Por qué me compartía aquel material si es que yo no continuaría trabajando en la Escuela?

…NO TERMINA, ¡CONTINÚA!

Al siguiente año, a unas pocas semanas de comenzar las clases y para mi total sorpresa, recibí una llamada de la Escuela La Cecilia convocándome a dictar la asignatura de Educación Plástica en el nivel secundario. Al iniciar, todo parecía muy similar a aquella primera experiencia de taller: Pasaba de aula en aula, de módulo en módulo, de grupo en grupo, y me encontraba esperando a que los estudiantes entraran a la sala o pasaran por las galerías; muchas veces estaba sola en la inmensidad del lugar. En algunos casos, los jóvenes habían sido aconsejados de asistir a las primeras clases del taller para “ver de qué se trata”; yo intentaba aprovechar esos momentos para charlar un poco y proponerles algunas actividades; sin embargo, el interés no se mantenía en el tiempo…

Promediando ese año, se tomó la decisión de volver a implementar -como se había hecho en ciclos anteriores- la modalidad de un día específico (los jueves) a los talleres -Plástica, Música, Educación Física, Teatro-. Como estos espacios transcurrirían en simultáneo, los alumnos podrían optar por ordenar sus jueves yendo a las distintas actividades o permaneciendo todo el día en uno de los talleres.

Recuerdo que mi Taller de Plástica ocupaba el aula 8, una casita roja al fondo de la Escuela, con ventanas a los lados. La primera clase en ese lugar fue bastante particular, fuera de lo corriente. Al salir del “Silencio” (reunión que se realiza al empezar cada día en el SUM -Salón de Usos Múltiples- donde todos los alumnos y educadores permanecen sentados 15 minutos en silencio) atravesé el campo hasta llegar a mi aula; mientras caminaba no vi a nadie en la puerta o en sus alrededores. Al llegar, encontré a una niña de primaria, con su carpeta y sus materiales. Cruzamos algunas palabras al entrar. La niña me contó que el día anterior Ginés les había dicho que trajeran todos los materiales con los que cada uno pensaba trabajar en el taller elegido; no sólo eso: la niña había traído también una idea ya pensada para la actividad en la que quería trabajar durante la clase. “Ah, qué bien”, dije yo para mis adentros. Ella, sin demorarse más, sacó todos sus materiales y comenzó a realizar la actividad mencionada. La verdad es que me quedé absorta durante toda la hora, mirando cómo la niña desarrollaba su propia tarea. En todo ese tiempo nadie más apareció ni se asomó a nuestro aula; parecia ser la única casita que quedaba en el mundo, como si nada hubiese a su alrededor. Ahí estaba esta pequeña, esta única alumna, mientras en mi cabeza se aparecían todos los interrogantes posibles: ¿Por qué tenía que estar yo ahí? ¿Qué debía hacer? ¿Qué me habían enseñado al respecto? ¿Cuál era mi idea de un profesor, según mi experiencia de alumna, o de la películas o libros?… No le encontraba explicación alguna a la situación. Mi experiencia en la condición de alumna tenía que ver con recibir al profesor que entraba y daba la consigna, la cual los alumnos debíamos hacer sin más. El mayor diálogo que se podía entablar con el profesor surgía al presentarse alguna duda. Viendo desde esta perspectiva la escena de mi Taller de Plástica en la casita 8 de la Escuela La Cecilia, no había ninguna razón que justificara mi presencia y permanencia en el aula. Sin embargo… me quedé. Me quedé a vivir esta nueva e inexplicable experiencia.

Ese mismo año me trasladé a otra sala a la que fueron acercándose más alumnos. Preparaba por lo menos tres actividades (mayormente técnicas) por jueves, pero en general los alumnos proponían otras o se iban interesando en algo en particular, decidiendo sobre la marcha el tiempo que duraría cada ejercicio y el nivel de profundidad con el que los abordaríamos. La asistencia de algunos era más constante que la de otros; había muchos que venían -como aquella primera niña- con la idea de hacer algo puntual pero sin saber cómo; otros, más curiosos, querían saber qué era “lo que se hacía en Plástica”. Así, la propuesta se amplió mucho, abordando distintas áreas dentro del arte: no sólo dibujo, sino que también escultura, confección de textiles, pintura, cerámica, etc.

3-AtelierDurante ese período del año, aprendí muchas cosas sobre los estudiantes; observaba especialmente cómo era su dinámica general y particular; los veía viviendo, moviéndose libremente: cómo se ayudaban los unos a los otros en un clima amistoso, cómo trabajan colaborativamente chicos de diferentes edades e intereses… Fue entonces que me di cuenta de lo que realmente quería para mi Taller de Plástica: Imaginaba un lugar donde todos pudiesen sentirse cómodos, un hogar donde se pudiese compartir y trabajar en conjunto. El aprendizaje ya no dependería exclusivamente de mi rol, sino que también se daría en relación al intercambio espontáneo entre un alumno y otro; se irían contagiando las ganas de experimentar y descubrir juntos todas las posibilidades que existen, y las que aún no, dentro del mundo del arte.

AL CAMPO DE AL LADO

En el año 2013, el espacio de los talleres (ahora bautizado como “el Atelier”) se trasladó al antiguo “campo de al lado”, un lugar al que se llega por un camino de árboles, pasando por el espacio de juegos del jardín. Se trata de una construcción horizontal con un portón y un cantero por delante. Su interior está cubierto de azulejos blancos, como si se tratara de un “baño gigante”. Al poco tiempo de empezar las clases, tomamos entre todos la irrefrenable decisión de arreglarlo, pintando el portón, el cantero… Poco a poco, fueron apareciendo distintas propuestas sobre las imágenes que le darían vida a esos azulejos blancos. La idea, nuevamente, era hacer del Atelier un hogar; como si se tratase de un lugar a ser vivido por un grupo de amigos que se juntan a hacer lo que 4-les gusta, donde todos los comentarios que se puedan hacer no resultan ofensivos, sino que se los reflexiona desde el vínculo, esa amistad que permite ver y analizar cosas juntos. Charlamos mucho sobre las relaciones de grupo, la intención dentro de la actividad artística, y nuestra identificación con aquello que producimos.

A la vez, se fueron ampliando los espacios y creció la concurrencia al taller. Fuimos formando entre todos un espacio donde podían convivir las propuestas de los alumnos, incorporando iniciativas que se publicaban previamente en un grupo en Facebook y vía mail. Estas actividades se ordenaban durante el día de forma distinta según cada chico; iban variando, descartándose algunas o profundizando un poco más en otras.

VIVIR EL HOGAR

Recuerdo que al cabo de mi primer experiencia en La Cecilia, mis inquietudes hacia el equipo de conducción tenían que ver con “saber más sobre la filosofía de la Escuela y cómo funciona”, solicitando que se me compartan documentos donde esa filosofía apareciese explicitada. Sin embargo, al año siguiente, cuando me hice cargo del Taller de Plástica, creo que prioricé conocer y descubrir la dinámica propia que tenía la vida allí. Quería saberlo todo, pero no en forma de concepto, de idea, de texto escrito. Quería -y así me lo propuse- ver en acción la filosofía del espacio, respirar ese aire y desentrañar cómo en cada cosa que allí sucedía estaba el centro, el corazón, la estaca inamovible a partir de la cual todo alrededor se ordenaba. En el ambiente mismo de la Escuela existe un orden y una armonía que están dados por esa dinámica según la cual no importa de qué estemos hablando: siempre hablamos “de lo mismo”; ese sentirse en un hogar, y si uno está en el hogar, hay respeto, hay afecto, hay confianza y se puede hablar sin miedo. Cada situación dentro de la Escuela invita a indagar sobre qué nos pasa con esa misma situación, cómo nos hace sentir, cómo actuamos en relación a lo que pasa, cómo interfieren los condicionamientos en nuestras vidas, impidiéndonos ver el presente teñido de pasado, y cómo vamos oscilando en cada situación entre lo que nos gusta y queremos que se repita y lo que no nos gusta y evitamos constantemente.

ESTAR EN EL HOGAR, CONSTRUYE EL HOGAR

5

 

El hogar no es una creación del sentimentalismo,

es una creación surgida de un hecho
‑el hecho de que me siento en el hogar.
Vale decir que soy libre, que soy responsable, que soy afectivo.
La total responsabilidad es el sentimiento de estar en el hogar.

Jiddu Krishanmurti

“Los principios del aprender”

 

El relato de mi experiencia, aún joven e inquieta, al interior de esta escuela, finaliza con una breve anécdota que sucedió hace apenas unos días y que demuestra -por lo menos a mí me lo demuestra- que la vida en La Cecilia es sorprendente. Resulta que, durante un descanso al mediodía, cuando todos los chicos se estaban yendo a almorzar, y mientras yo anotaba la asistencia, entró a mi salón un chico. Se sentó exactamente frente a mí y me dijo: “Estoy acá, eso no pasa muy seguido. Aprovechá y enseñame algo. ¿Qué me podés enseñar ahora?” Me quedé mirándolo unos instantes, porque no entendía exactamente qué me querían decir esas palabras. Pasados unos segundos, ya estábamos dibujando, explorando sobre las distintas formas que puede tener la figura humana, el rostro y sus partes. Un rato más tarde, llegaron otros alumnos que se unieron a la actividad y que, pese a expresar continuamente que no les gustaba dibujar, terminaron siendo cinco o seis personas con las que compartimos un momento amistoso donde unos participaban activamente, otros observaban y opinaban, y juntos veíamos cómo se construyen las formas, qué nos ocurre cuando queremos dibujar algo, qué pasa si “no nos sale”, qué variantes nos ofrecen los trazos, las formas, las figuras…

Creo que ese “sentimiento de hogar” no ocurre sólo en mí, sino que está presente en todo, o más bien, en cada cosa que ocurre, en la responsabilidad, el afecto, la confianza: en ese creer que, de todo lo que sucede, somos parte.